ARTÍCULOS DE OPINIÓN SOBRE CULTURA Y ARTE

Ricardo Fernández Gracia, Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Evocando a San Bernardo en Navarra: imágenes y arquitectura del Císter

17/08/19 Publicado en Diario de Navarra

El Císter tiene sus orígenes en el monje Roberto que, con varios seguidores a fines del siglo XI, se retiró a Citeaux, lugar apartado en Borgoña, para poner en práctica los ideales de la regla benedictina. Su fama atrajo a Esteban Harding, que se encargó de resumir el ideario de aquellos monjes reformadores, inquietos y ansiosos de participar en una empresa auténticamente espiritual. El verdadero impulso se desarrolló a partir de 1112, tras la llegada de Bernardo de Claraval (1190-1153) junto a varios nobles borgoñones y con la aprobación pontificia de la Carta Caritatis, en 1119. San Bernardo, provisto de gran formación intelectual y dotado de enorme atractivo personal y gran poder de convicción, supo atraerse a muchos jóvenes de su época. 

Con él se inició una rápida expansión del Císter, con unos ideales de austeridad y prohibición de todo tipo de lujo en vivienda, vestido y alimentación. A la vez, recomendaba la alabanza a Dios, a través de la lectio divina y el trabajo, evitando la ociosidad y, por ende, las tentaciones de las que afirmaba: “la carne tienta con dulzuras, el mundo con vanidades, el demonio con amarguras”. San Bernardo desarrolló ampliamente en sus escritos los ideales de trabajo, pobreza, conocimiento y seguimiento de Cristo y amor a la Virgen.

En 1133 ya figuraban 69 fundaciones. Veinte años después, a la muerte del santo en 1153, el número de monasterios se elevaba a 343. Al finalizar la Edad Media, los cenobios masculinos eran 742 y los de monjas pasaban de setecientos. Las nuevas comunidades mantenían una estrecha relación de dependencia con su casa madre y los Capítulos Generales velaban para que no existieran excepciones que rompiesen la uniformidad de la orden. 

Navarra cuenta con las dos primeras fundaciones cistercienses en la Península Ibérica: Fitero para los monjes (1140) y Tulebras para las monjas (1147). Junto a las abadías de La Oliva, Iranzu, Marcilla  y Leire, que pasó a depender del Císter en 1269, conforman un especial legado de historia, arte, cultura y espiritualidad. Las comunidades femeninas de Nuestra Señora la Blanca de Marcilla y de Nuestra Señora de Salas en Estella desaparecieron a comienzos del siglo XV, las abadías masculinas se extinguieron con la Desamortización de Mendizábal y en pleno siglo XX, se restauró la vida conventual en La Oliva (1927) y se fundó un monasterio femenino en Alloz. 

 

La imagen de San Bernardo en el arte navarro

El atractivo personal de San Bernardo, su relación con el culto mariano, sus escritos de gran sentido común y vitalidad, hicieron que sus representaciones se difundiesen, promovidas por prohombres e instituciones. Sus monjes y monjas, su temprana canonización en 1174, la celebración de su fiesta el 20 de agosto y sus numerosos devotos hicieron multiplicar el interés por su figura, en un proceso que llevaría a su proclamación como doctor de la Iglesia en 1830.

Navarra no fue ninguna excepción en la recepción de sus imágenes. Su figura estuvo presente de modo singular en las abadías cistercienses y sus áreas de influencia. No deja de ser significativo que, en sus monasterios, para los que él mismo había proscrito las imágenes, se poblasen durante la Edad Moderna de sus representaciones y escenas destacadas de su vida.

Su tipo iconográfico como figura aislada es muy repetitivo. Ataviado con la amplia cogulla blanca, se acompaña del báculo abacial, el libro en referencia a sus numerosos escritos y las mitras a sus pies, en alusión a los obispados que no quiso aceptar. Sus monasterios y los de los benedictinos cuentan con excelentes tallas, como las de su colateral en el monasterio de Fitero (1614), o del retablo mayor del monasterio de Irache, hoy en Dicastillo, contratado en 1617 por Juan Imberto III. Otras esculturas encontramos en Corella, Tafalla, Roncal, Sesma, Tafalla, Uztegui y Cascante. Entre las versiones pictóricas hay que destacar la tabla del ático del retablo del monasterio de La Oliva, hoy en San Pedro de Tafalla, obra de Rolan Mois y Paolo Schepers (1571-1582), en donde aparece arrodillado, en actitud orante, con un libro abierto en cuyas páginas lee la estrofa Monstra te ese matrem del himno Ave maris Stella.

En algunos casos, como en el ático retablo mayor de San Miguel de Corella (1718-1722) o el retablo de La Oliva, el santo se encuentra en un contexto asuncionista. Al respecto, hemos de mencionar uno de los sermones del santo para el 15 de agosto, en donde afirma: “Que nuestra alma sedienta acuda a esta fuente, y que nuestra miseria recurra a este tesoro de compasión. Virgen bendita, que tu bondad haga conocer en adelante al mundo la gracia que tú has hallado junto a Dios: consigue con tus oraciones el perdón de los culpables, la salud de los enfermos, el consuelo de los afligidos, ayuda y libertad para los que están en peligro”. Sin salir de Corella, hay que recordar que, en 1703, varios rayos de una gran tormenta en el día del santo dejaron enormes destrucciones. El Ayuntamiento para agradecer la falta de víctimas acordó celebrar el día de San Bernardo con procesión y misa y en el convento de San Benito doña Paula del Bayo, ordenó hacer su retablo a Juan de Arregui, en 1726.

 

Dos grandes mensajes traducidos en un par de escenas de su vida

Las escenas de su vida figuran en sus retablos de Fitero y Leire. En este último es patente la copia en sus escenas por el escultor Juan de Berroeta (a. 1630) de los grabados de la Vita et miracula divi Bernardi, editada en Roma en el año 1587 con el patrocinio de la Congregación de Castilla. En la espiritualidad cisterciense fructificarían los dos grandes mensajes del santo. Por una parte, la máxima de “conocer a Jesús y a Jesús crucificado” y, por otra, el extraordinario amor a la Virgen que le hacía repetir: “Mariae nunquam satis” (De María, nunca suficiente). La iconografía no podía permanecer ajena a ambas directrices.

San Bernardo abrazado por el Crucificado que se descuelga de la cruz, al igual que ocurre con San Francisco de Asís, proporcionó a los artistas un especial motivo de inspiración, si bien es verdad que, en la mayor parte de los casos, siguieron modelos de grabados que les mostraban los abades de los monasterios y otros promotores. En Navarra destacan con ese tema una de las tablas del retablo mayor de Fitero, obra de Rolan Mois (1590-1591), el relieve del retablo del santo en Leire y una pequeña pintura de la parroquia de Beire, procedente de La Oliva.

La otra gran escena de su vida, está relacionada con la Virgen. Partió de un relato legendario y se refiere a la lactatio, que representa a la Virgen dejando de amamantar al Niño para enviar un pequeño chorro de leche al santo, lo que le convirtió en el doctor melifluo, en alusión a la dulzura y elocuencia al tratar de María. Los relatos sobre el hecho difieren. Según unos, el abad de Citeaux mandó a San Bernardo a hablar con el obispo de Chalon y, antes de realizar la misión encomendada, quiso rezar ante una imagen de María, que le lanzó un chorro de leche. Según otros, estando rezando y embelesado ante la Virgen, ésta le roció con leche de su pecho en los labios, matizando que el rezo que pronunciaba era: “Monstra te esse matrem”, en donde se le pide a María que se muestre como una verdadera madre. La escena está en lugares significativos, como la escalera del monasterio de Leire, los mencionados retablos mayores de Fitero e Irache, sendos relieves del antiguo retablo de las Benedictinas de Estella, obra de Juan Imberto III (1649), hoy en Leire y en su mencionado retablo legerense, el ático del retablo de Santa María de Aibar (1710), y unos dinámicos y coloristas lienzos barrocos de Tulebras, castillo de Javier y Comendadoras de Puente la Reina.

 

Arquitectura para el carisma cisterciense

Por lo que respecta a la fábrica de los monasterios cistercienses, si nos retrotraemos al mismo San Bernardo y sus escritos, encontramos pautas para entender la sobriedad de los edificios, cuando afirma en la Apología a Guillermo: “Tratan de excitar la devoción de los pueblos groseros por los atractivos corporales y no excitarle bastante en los espirituales… A guisa de candelabros, se ven verdaderos árboles de bronce labrados con admirable arte… ¡Oh vanidad de vanidades, pero más locura que vanidad!”. El Capítulo General de la orden de 1134 prohibía en las: “iglesias o en cualquiera de las dependencias del monasterio haya cuadros o esculturas, pues precisamente a estas cosas dirige uno su atención, con lo que a menudo queda perjudicado el provecho de una buena meditación y se descuida la educación de la seriedad religiosa”.

La arquitectura de los monasterios cistercienses ha sido calificada y evaluada de diferentes maneras por otros tantos profesores y especialistas. Chueca Goitia la considera como un movimiento racionalista en pleno siglo XII, “con todas las características que tendrán las revoluciones artísticas análogas más modernas… condenación de todo ornato superfluo, libre expresión de las estructuras y franca desnudez de los materiales de construcción”. Martín González la interpreta como un arte de transición entre el Románico y el Gótico. El profesor Azcárate consideró a la arquitectura del Císter como un capítulo más de la arquitectura protogótica pese a sus propias particularidades, con gran protagonismo en la difusión de los arcos apuntados y las bóvedas de crucería. Por último, J. Yarza niega la existencia de un estilo cisterciense en lo formal, “aunque no en el terreno de la organización de un monasterio la contestación debe ser afirmativa”. Víctor Nieto, siguiendo esta última apreciación, considera que la “crítica de los cistercienses contra el lujo y la ostentación de riquezas en los templos no fue una alabanza de la pobreza, sino de la austeridad y la vida religiosa interior…”.

La opinión de W. Braunfels en cuanto a la uniformidad de arquitectura de la orden la argumenta en su libro La arquitectura monacal en Occidente, en donde afirma: “El plano del monasterio cisterciense ideal representa un organismo muy madurado, en el cual se ha previsto todo, donde se ha evitado cualquier detalle superfluo, capaz de ser construido por elementos de iguales características y donde el templo sólo ocupa un lugar de honor gracias a sus mayores dimensiones. La severidad y la claridad dominan la estructura de la planta”. Los monjes que observaban una estricta clausura dentro de los complejos monásticos, tenían perfectamente distribuido el tiempo para las horas canónicas en el templo.

La conjunción de planta, alzados, cubiertas e iluminación generan un espacio interior severo y limpio en el interior de las iglesias del Císter, que no se concibe como una reducción del espacio celeste, ni pretende realizar el milagro de “un espacio que está por encima del mundo” según idea presente en el Gótico naciente por aquellas mismas fechas. El interior del templo es, ante todo, un lugar para la comunidad y está encaminado y dedicado a la oración y el culto de los monjes. La iglesia, de acuerdo con las ideas depuradoras y simplificadoras de San Bernardo, se reduce a la pura estructura iluminada por luz natural. Nada más contrapuesto al espíritu cisterciense que el espacio gótico, iluminado en aras a lo trascendente y celestial con potentes haces de luz tamizados mediante las vidrieras cristales de color.

El claustro, lugar para la meditación y la lectura, era a la vez ordenador de los espacios, eje de la vida comunitaria y verdadero centro neurálgico de todo el monasterio. Tenía acceso directo a la iglesia y al resto de las dependencias. Las cuatro pandas servían asimismo para la meditación en el desapego de sí mismo y del mundo, así como para evocar el amor a Dios y al prójimo.

La sala capitular, siguiendo la Regla de San Benito estaba destinada a tratar los asuntos de importancia bajo la presidencia del abad. En aquella estancia se reunía la comunidad con el abad, leían la regla, y cada monje debía pedir perdón y cumplir penitencia por sus faltas. El resto de las dependencias como cillas, refectorio, dormitorios, cocina, letrinas, scriptorium … etc., seguían unas normas precisas, en general, en relación con los usos y funciones descritos por la regla monástica, insistiendo en el silencio y la meditación de la palabra de Dios, por encima de la contemplación de imágenes, que en la historia de la Iglesia tuvieron con el Císter un auténtico frenazo después de la eclosión de época románica y la floración del periodo gótico.

Desde la monumental nave de Fitero, que le hizo afirmar al arquitecto Vicente Lampérez que la arquitectura del Císter en España no había producido nada semejante, hasta el sencillo interior de Tulebras, pasando por las arquetípicas iglesias de Iranzu o La Oliva, se ofrece a quien las visita una particular impresión y emoción, a la vez que una ocasión para meditar sobre pensamientos de San Bernardo sobre lo tangible y lo intangible. Recordemos que sobre el conocimiento de sí mismo escribe: “El desconocimiento propio genera soberbia, pero el desconocimiento de Dios genera desesperación”, y acerca del saber argumenta: “Saber por saber: vulgar curiosidad; saber por darse a conocer: tonta vanidad; saber para vender su ciencia, enriquecerse o recibir honores: negocio vergonzoso; saber para edificar: eso es amor; saber para propia edificación: eso es prudencia”.

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